miércoles, 26 de marzo de 2014

Sentidos.

Salí de una casa, no importa que casa, no importa la salida, y tampoco el final, no ahora. 
Por abajo de la planta de mis pies, de las medias y de la suela de la zapatillas pasa tierra, piedras, pasto, camino. Es la calle que cruzo por la mitad de la cuadra, es la vereda llena de pastos, llego a la esquina y doblo, voy sobre la avenida, los autos pasan al lado, lejos, pero al lado. Hay un árbol en la mitad de la vereda, casi a la mitad de la cuadra, ¿será una señal de que todo está a la mitad? no creo, camino, mirando el cielo, agarro unas hojas del árbol, al azar, para matar las manos vacías al caminar, saco 4 hojas ¿señales? no, no hay nada; trituro las hojas lo más que puedo con mis dedos mientras camino, cuando ya no puedo más las dejo sobre la palma de mi mano y las soplo, el viento me ayuda y se las lleva, un colectivo pasa y quedan ahí, por ahí, en donde no sé, a donde va todo y nada, a donde no estoy yo ahora. Sigo caminando, cruzo avenidas, gente, semáforos, camionetas, autos, colectivos, bicicletas, motos, una estación de servicio, cables que cuelgan por sobre las cabezas, por el aire, zapatillas gastadas y zapatos lustrados, ojotas no porque ya es otoño, porque ya hace frío. Sigo caminando, freno en algunas esquinas para que no me atropellen, pero no me doy mucha cuenta si vienen autos, si me pueden pisar, me guio por el instinto que está medio dormido. Las luces ya están prendidas, son naranjas, los negocios tienen los carteles prendidos, el neón es el protagonista. Cuando llego a la zona céntrica ya no tengo hojas para triturar, ni cables para mirar, las baldosas están tan chuecas que tropiezo algunas veces, pero no caigo, ya no toco abajo
Tocar. 
Una mesa sobre la vereda, sin nadie que la mire, paso mi dedo sobre la superficie, sin que nadie se entere, disimuladamente, siento la madera, fría, la madera oscura, dura, sucia, con polvo, polvo del aire, del viento, de hojas trituradas por alguien más. Zambullo los dedos en todas las vidrieras, como si no existieran vidrios, toco a las personas que están esperando en la clínica, las galletitas que están hace días en el local que las vende sueltas, la suavidad de los zapatos de terciopelo, o de eso que para mi es terciopelo, siento las zuelas de las botas, el plástico del marco de los anteojos de sol, los cristales de los lentes, zambullo la mano en los freezers de la heladería de la esquina, las lleno de todos los sabores, las congelo con esa materia, con ese hielo de colores, con esos sabores que no saboreo, siento las bolas de chocolate de la crema tramontana, la pastosidad del dulce de leche del banana split, y así, con todas las manos llenas de helado, acaricio la ropa del local de al lado, me limpio las manos, las hago entrar en calor en esas telas tan suaves, tan mullidas, en la rugosidad de las telas, en la calidez de esas prendas, y como si aun no fuera suficiente paso por la perfumería, sintiendo el peso de los perfumes, la resistencia que le hacen esos líquidos a mis dedos, lo aceitosas que me dejan las manos esas cremas. Sigo caminando y ya no me conformo con tocar los negocios, ahora también toco a la gente, la que está en la parada de colectivo, los que están atendiendo, también los compradores y hasta los viejos que están tomando el café a las 8 de la noche, toco todo, siento las texturas, las suavidades, rugosidades, telas gruesas, frinas, rígidas, árboles, ahora también toco las baldosas, siento las temperaturas, vivo, siento, río. Hasta que llego a la plaza, la plaza que es una plaza cualquiera sin mayúscula, sólo una plaza que está en el camino de ningún lado hacia ningún lugar, en la ruta sin fin; una plaza, siento el pasto, me saco las zapatillas, las medias, corro descalza, siento la caca del perro que el dueño sacó a pasear a la plaza a la tarde, la siento sobre la planta de mis pies, y no me importa, siento el barro que se formó porque la canilla de la plaza no cierra bien, siento todo, percibo lo que hay. Y termino, aunque no hay final, no hoy, hundiéndome en la tierra, saboreando el pasto, viendo las estrellas, olfateando la libertad y escuchando la naturaleza. Viviendo.