Borremos la huella del pasado, borremos la suela de la zapatilla aquella, pisoteemos todo para que no se entienda nada, que haya tantas marcas que no se pueda saber cuál de todas fue la primera, ni cuál de todas pisó más fuerte.
Es poner una zapatilla, sacarla y enseguida poner otra, para no recordar, para no saber cuál es cuál, quién es quién, para perderse y ya dejar de intentar descifrar y sacarle las ganas de conocer a todo aquel que lo trate hacer.
Zapaterías completas, huellas eternas, por más que la misma suela pise muchas veces nadie lo va a percibir, es un amasijo de huellas, de zapatillas con pies, de personas, de vidas que pasaron por otra vida, pisotearon, destruyeron y se fueron. En realidad, para esos pies sólo fue una piedrita que patearon en la vereda, o un dibujo que hicieron en la arena y se lo llevó el agua. Para esos pies, la huella no quedó. Pero sí.
Cuenta la leyenda que alguna vez hice las cosas bien: cuando tenía 5 años, porque antes lloraba mucho y después me mande muchos mocos. Te invito a enterarte de mis porrazos, hay que aclarar que no soy buena ciclista y que por eso me caigo mucho en este camino donde hay más piedras que parches para las ruedas de mi bicicleta. A pesar de todas las trabas, yo sigo sonriendo cuando el sol me da en la cara y cuando la brisa me despeina y acariciándome me asegura que siempre va a estar