Hay días, como hoy, en los que las pantallas llaman, la dependencia, la evitación, el deseo de encontrar eso que ahí ya no está. Eso que se perdió entre lágrimas y humo de cigarrillos. No hay helado que lo tape, no hay canción que haga sanar, no hay película que contribuya a evadir totalmente. El pozo es grande, quizás hostil. Puede, tal vez, que quiera abrazos para tapar todos esos agujeros que no estaba mirando. Ahora, hoy, los dedos están abriendo las heridas, cae la sal, y arden, pero no parecen cicatrizar, no a corto plazo no hoy. Y la cura placebo que hubo este tiempo consistía en besos, abrazos y mimos, pero ya no está. Hay que (se supone al menos) enfrentar, afrontar, poner la cara y dejar a las heridas arder. Mientras hay fuego que arde por dentro las sonrisas se piden con obligatoriedad. Las lágrimas ya no salen, no hay agua para ese fuego. Tampoco es la solución mirarse el ombligo ni las heridas. No se puede pensar en una solución cuando los monstruos y los fantasmas acechan, cuando el pasado toca la puerta y no importa si se le abre, si hay llave o si no... Sólo irrumpe, rompe todo, pasa y se va, dejando todo destrozado.
Por eso hoy digo que extraño, no por raro, sino por añoranza. Quiero de nuevo esos besos que aunque contribuyeron a que me rompa hoy podrían hacerme olvidar, hacer que me pierda de toda esta mierda que vuelve a flotar en mí.
Por eso hoy digo que extraño, no por raro, sino por añoranza. Quiero de nuevo esos besos que aunque contribuyeron a que me rompa hoy podrían hacerme olvidar, hacer que me pierda de toda esta mierda que vuelve a flotar en mí.