sábado, 6 de junio de 2020

Remolino.

Rodaron lágrimas, tantas eran que no alcanzaron las telas para secarlas. Hicieron un mar a mi alrededor, y yo me hundí. Me ahogué en esas lágrimas, pero antes de perder la vida aparecieron manos que me sacaron, que me hicieron ver que esas lágrimas eran mías y no era suficiente para ahogarme. Las secaron por mí, me abrazaron en los abrazos virtuales de hoy, y me cantaron una canción de cuna hasta que me dormí, invitándome a afrontar el mañana.
La mañana, el mañana, no sabemos su identidad, pero siempre me agobia, es tanto en tan poco. Siempre tiene infinitas posibilidades, hoy no tantas.
Extraño las mañanas con mis amistades, mis compañerxs, extraño el calor del mate y del abrazo. Me duele extrañar lo que no voy a tener de la misma forma. Me duele añorar. Justo ahí en el pecho se arma el agujero, en la garganta el nudo, y las lágrimas vuelven a aparecer. Y ya sé que no me puedo ahogar en mis propias lágrimas, pero siento que me invaden, que vuelven a tomar mi cuerpo y otra vez necesito que me ayuden a salir.
Todo es tan desesperanzante que sólo quiero un atisbo, una insinuación del mundo que me diga que todo va a estar bien. Tengo la esperanza de intuir mal, tengo el deseo de estar entendiendo mal todo lo que sucede.