Quiero que cuando me muera no digan lo mala que fui, no cuenten de todas las drogas que consumí ni enumeren todos los sapos que bese o todas las pijas que chupe, no quiero que cuando me muera recuerden la materia que me llevé en cuarto de la secundaria, ni que tampoco recuerden de todas las veces que me enojé, quebré o lloré.
No quiero que cuando me muera las personas que me caen mal se regocijen de felicidad, no quiero que las personas que quiero lloren o sufran, no quiero que haya funeral ni lágrimas, ni despedidas.
No quiero que me escriban en redes sociales.
Quiero que me olviden, que de ser posible hagan de cuenta que nunca existí, que mi existencia haya tenido el fin de no existir. Y si se acuerdan de mí quiero que puedan largar carcajadas y escuchar música alegre, que miren el sol y sepan que yo hubiese sonreído, que sepan que hubiese defendido hasta al más culpable de todos los culpables si en el momento estaba ausente. Pero que no se acuerden, que no digan nada, que sea un día más, una muerte más, un cuerpo más desaparecido en el planeta.
Quiero que mis cosas desaparezcan junto conmigo, que se queme todo, que todo se haga ceniza, que se evanezca mi presencia del pasado, del presente de la muerte y del futuro. Que no quede nada. Que nadie haga nada.
Si me muero, sigan viviendo como si no hubiese vivido.
Cuenta la leyenda que alguna vez hice las cosas bien: cuando tenía 5 años, porque antes lloraba mucho y después me mande muchos mocos. Te invito a enterarte de mis porrazos, hay que aclarar que no soy buena ciclista y que por eso me caigo mucho en este camino donde hay más piedras que parches para las ruedas de mi bicicleta. A pesar de todas las trabas, yo sigo sonriendo cuando el sol me da en la cara y cuando la brisa me despeina y acariciándome me asegura que siempre va a estar
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