domingo, 15 de julio de 2018

Tormentas y monstruos.

No dijo nada a pesar de saber que había un mar inundando. No hizo nada y esquivo el escollo. Siguió en su tranquilidad, aún mejorando su día. Porque el saber que la tormenta atormenta a otrx atormentadx le saca la suya, le deja en calma, le da felicidad, no le obtura la mirada ni le genera nubes que goteen sobre sus mejillas.
Y del otro lado. Tras el aparato conector, tras la lucha con el alcohol y la palabra, estaban tantas tormentas desatándose. Tantas que se fundieron, se hicieron una y dispararon para todos y para ningún lugar, como un huracán, no dejando nada, llevándose con ira todo lo que se encontrara, eliminando cada rastro de sonrisa, cada recuerdo que pudiese habilitar el levantar la mirada. La tormenta está sobre la nuca, respirando, avasallando, ordenando. Y los impulsos se hacen más impulsivos que cuando se estaba en calma, las acciones ya no son susceptibles de ser pensadas, porque guían las tormentas, porque el vendaval golpea tanto las puertas y ventanas que ya no deja pensar.
Y como si fuera poco, en el sótano de la casa, que era el lugar seguro de antaño, hay monstruos, está infectado, plagado, ya no dejan acercarse mucho, ya no habilitan la seguridad, y tienen la capacidad de escaparse y atacar, por lo general lo hacen cuando hay tormenta y mucho ruido, se suben y no dejan de morder, de roer, arañar, se ensañan y no liberan. Otras veces, las menos, atacan cuando todo está en calma se disfrazan de novedad y bondad, mientras que tras el velo se esconden esos monstruos ya conocidos, esos que se intentó de todas las formas que no volviesen. 
La peor parte siempre será el conjunto de tormentas, monstruos e impulsividades. El ataque en masa deja restos de nada, y sin embargo es un montón más de nada de lo esperable, con agua, con rayos y lluvia eterna, sin ventanas y con monstruos. Ataque que deja ruinas, que es inoportuno, y que tras el dispositivo, generó sonrisa.

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