viernes, 11 de abril de 2014

Viernes

Una vieja que pone la reposera en la vereda de su casa, al lado de la puerta, para ver la gente pasar; la gente que la conoce la saluda, los nenes le sonríen, y ella, anciana, arrugada, les contesta feliz, con el sol entre los ojos y un viento suavecito que le mueve el pelo ya gris. 
Las hojas amarillas corren sobre la vereda, es parte del otoño esa danza, también es parte del otoño el abrigo que cubre los cuerpos de todos, mientras el sol, débil, acaricia las cabezas.
El hombre que va apurado en su auto no espera a ver como su hijo entra a la escuela, lo deja en la esquina: para hacer más rápido; y el hijo nunca entra en el colegio, se va con sus nuevos amigos que le prestan más atención y le ayudan a evadir el dolor de la ausencia de su progenitor, quizás con drogas o sólo con juegos de adolescentes.
La mujer que hace las tortas caseras hoy está haciendo huevos de chocolate, porque se vienen las pascuas y eso es lo que lucra, ella sí le presta atención a sus hijos, aunque eso implica que duerma menos, y aunque algunas veces se enoja, también ríe más que el hombre con prisa.
Y yo, estoy escribiendo, refugiada del sol, quizás debería salir y correr, competirle al hombre, sonreirle a la viejita, comprarle un huevo de pascua a la mujer
o no.

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