En el vaivén de la marea se encuentran, ellas tan siniestras para el vulgo, para los miedosos que temen a su destino. Reflejo exacto de tu vida, de tu camino, y a la vez imperfecto, con esa onda sutil que desequilibra el reflejo, con esa vida tras la vida que se esconde en el cauce.
En el reflejo del río encuentro a mi muerte, siempre expectante de lo que haré, sin apresurarse, sin apresurarme, esperando que mi destino llegue a su fin, que su hora comience, entre las olas se esconde, pero yo la veo, porque sé que está ahí, y se que tu muerte también está ahí. Muerte como ser, no como acción, muerte vista como parca, ese ser vestido de negro, con capucha y hoz, ese ser terrible para muchos, ese ser que sé que me acompaña a morirme un poco más todos los días, y que vela por mí para que no le lleve a ella los males de mi vida. Muerte que vive a la par mía y morirá junto conmigo, de la forma única que moriremos nosotras, de la forma única que muere cada uno.
El universo de las muertes que se esconden de sus vivos, se pliegan entre las sombras, en los reflejos se las ve pasar, y en la oscuridad se expanden a más no poder; Entre muertes se saludan al verse pasar, entre muertes saben cuánto van a durar, cuando saben que pronto alguna se va a marchar la visitan y le dan la mano, dejan a su vivo para visitar a su camarada.
Fiestas de muertes mientras dormimos, gritos y saltos, hoces en el aire, capuchas bajas y capas que vuelan, muertes que se vuelven locas por no poder dormir y que amanecen siempre con su vivo, fieles y expectantes de los días, esperando su muerte como pase a su libertad.
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