Me quiero morir, me voy a morir, seguro.
Morirme porque creo que te morís cuando cumplís con el objetivo pautado en tu destino para vivir. Supongo que el día antes de que te mueras debe ser el mejor, como las mariposas. Viven tanto tiempo siendo orugas, siendo feas, estando encerradas en sí mismas, y sólo el último día salen, vuelan son libres, hermosas, perfectas. Quizás pase eso con los humanos: te morís cuando llegas a esa perfección. El día antes de morir debe de ser el mejor día de tu vida, porque es el último, y lo mejor siempre se deja para lo último.
No voy a llorar con la muerte de nadie, me lo digo ahora que todavía tengo a mis parientes cercanos vivos, no voy a llorar por ellos porque están mejor, no en el paraíso, sino en un estado superior, en una vida libre, en el aire, en el sol que da a la mañana, en las olas que rompen en la arena, en la lluvia que se cruza con el sol y forma el arco iris, en la vida del mundo, del planeta de la galaxia. Me voy a morir para pasar a un estado superior, y me voy a morir cuando me tenga qué morir. Porque apurar las cosas no siempre es llegar más rápido, quizás es no llegar nunca. Y yo quiero ser el vientito que dé en la cara de futuras generaciones, la lluvia que empape hasta las huesos y por la cual después te duchas con agua caliente y te tomas una chocolatada caliente envuelta en una frazada abrazada a algún amor mientras miran una película en ese sillón rojo cliché de las pelis de amor. Quiero ser la sensación que abraza las almas de los músicos cuando componen, las sonrisas de los nenes chiquitos, los puntitos de energía que van flotando por el aire y se ven en verano. Quiero morirme para poder ser más. Mientras tanto disfruto de otros muertos que me dejan esos pequeños placeres en mi vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario