Tropiezo más de la cuenta pero doy una vuelta y vuelvo a empezar, un paso tras otro, y el tropiezo queda atrás. No importa si rozo el suelo con mi cara o si lo llego a tocar, siempre voy a continuar. Porque tengo que llegar a algún lugar, porque frenar y descansar no está en mi plan, porque así me acostumbré, porque descubrí que siguiendo puedo dejar todo atrás.
Troto de vez en cuando, cuando me acuerdo, en el parque del pueblo, hago el principio del circuito como todo el resto y después me desvío por otros caminos, por otros pasos; he caído, he tropezado, pero siempre termino. Mientras el sol me da en la cara y el viento de invierno me hiela la cara transpirada troto, camino, corro, lo que sea, avanzo, sigo mi camino.
¿Y como esperas, sabiendo eso, que yo me frene ante la incertidumbre? Estoy segura que si sigo avanzando el camino va a aparecer, o lo estoy marcando yo y de alguna manera voy a llegar al final. No me voy a dejar vencer, no voy a quedarme tirada lamentándome por la rama con la que me tropecé, no me voy a quedar en la nada, con las manos vacías. Quizás pueda frenar unos días a llorar o sentirme mal, pero siempre voy a resucitar para pelear, para dar todo por más, para conseguir lo mejor que pueda tener, aunque quizás eso no sea lo mejor que exista para todos, pero sí para mí.
Así que a vos que me tiras abajo todos los planes, que le encontras un problema a cada solución, que me pones la traba en vez de darme la mano y correr a la par mía, a vos que no te esfrozas, a vos te digo: yo voy a intentar, no me trates de frenar, los obstáculos se quedan atrás en mi ruta y aunque no llegue al final voy a hacer lo imposible por hacerlo.
Cuenta la leyenda que alguna vez hice las cosas bien: cuando tenía 5 años, porque antes lloraba mucho y después me mande muchos mocos. Te invito a enterarte de mis porrazos, hay que aclarar que no soy buena ciclista y que por eso me caigo mucho en este camino donde hay más piedras que parches para las ruedas de mi bicicleta. A pesar de todas las trabas, yo sigo sonriendo cuando el sol me da en la cara y cuando la brisa me despeina y acariciándome me asegura que siempre va a estar
miércoles, 16 de julio de 2014
viernes, 11 de julio de 2014
· · · · · ·
El libro que yace sobre la mesa mientras intento dormir,
digo que intento dormir porque en realidad estoy escribiendo y pretendo sacarme
de la cabeza los mil mambos que me acechan, mil mambos que no son tantos ni tan
graves, y quizás el libro no está sobre la mesa y yo no estoy tratando dormir, tal vez el libro está sobre la cama y yo me dispuse a escribir, o a
esquivar mis otras obligaciones que siempre son peores que escribir. Pero a fin
de cuentas el libro está y yo también, no importa realmente donde estamos ni
donde deberíamos, y a decir verdad, ni si realmente estamos, porque siempre se puede dudar de la
existencia, pero en este caso, voy a suponer que estoy, que soy, y que el libro
por las vueltas que hayan sido, hoy está acá conmigo. Quizás podría haber sido
un libro nuevo, con el olor de recién impreso, hasta recién salido de la
imprenta y comprado con dinero que no tengo ni tuve para comprarlo, pero no, es
un libro viejo, y no por eso menos valioso o menos lindo. Me gusta que sea
viejo, que haya pasado por otras manos, y saber, tener la certeza, que va a seguir pasando, esa es una de las ventajas
de ser socia de la biblioteca del pueblo, tengo la seguridad que la historia
sigue, no la del autor, el la terminó o no, según el texto, pero el libro
sigue, tiene su historia, las manchas, las marcas, los dibujos, las firmas,
tiene vida el libro objeto, además de la vida que lleva consigo en los signos,
en el texto. El libro es vida, la vida es un libro, aunque quizás no, pero sí
el libro es vida, si el libro tiene historia, si el libro existe, si se tiene
en cuenta que existir es estar y en este caso compartir un lugar físico, si
existe, tiene historia, tanto el libro nuevo como el libro viejo, la hoja sin
palpar y la contratapa también, la vida es historia, la historia es vida, la
vida entra en mil hojas o en una, en un renglón, tiene mayúsculas para empezar
y punto al terminar.
lunes, 7 de julio de 2014
Máscaras.
Máscaras.
Máscaras sobre la piel, de piel también; que ocultan, que mienten verdades, que fingen mentiras, que callan gritos y escuchan silencios.
Máscaras que me persiguen, que me atormentan, que buscan lo que no doy y piden más de lo que tienen.
Máscaras que poseemos todos, máscaras que somos todos.
Máscaras que arrastro conmigo y tras de mí.
Máscaras que me condenan y no me dejan libertad.
Máscaras que masacran las sonrisas y los ratos de felicidad.
Máscaras que poseen poder, que dan bendiciones y veredictos de muerte.
Máscaras que también son palabras, son dagas, son vida y muerte.
Máscaras que son espectros del pasado y terrores del futuro.
Máscaras que me dan miedo, pavor, terror, pánico, ganas de escapar.
Máscaras que me rodean, que me abrazan en un espiral de oscuridad, que me absorben, que me arrastran a ese más allá que no quiero entrar.
Máscaras que existen, que son, que desaparecen y vuelven.
Máscaras volátiles, efímeras y a la vez eternas.
Máscaras sobre la piel, de piel también; que ocultan, que mienten verdades, que fingen mentiras, que callan gritos y escuchan silencios.
Máscaras que me persiguen, que me atormentan, que buscan lo que no doy y piden más de lo que tienen.
Máscaras que poseemos todos, máscaras que somos todos.
Máscaras que arrastro conmigo y tras de mí.
Máscaras que me condenan y no me dejan libertad.
Máscaras que masacran las sonrisas y los ratos de felicidad.
Máscaras que poseen poder, que dan bendiciones y veredictos de muerte.
Máscaras que también son palabras, son dagas, son vida y muerte.
Máscaras que son espectros del pasado y terrores del futuro.
Máscaras que me dan miedo, pavor, terror, pánico, ganas de escapar.
Máscaras que me rodean, que me abrazan en un espiral de oscuridad, que me absorben, que me arrastran a ese más allá que no quiero entrar.
Máscaras que existen, que son, que desaparecen y vuelven.
Máscaras volátiles, efímeras y a la vez eternas.
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