Tropiezo más de la cuenta pero doy una vuelta y vuelvo a empezar, un paso tras otro, y el tropiezo queda atrás. No importa si rozo el suelo con mi cara o si lo llego a tocar, siempre voy a continuar. Porque tengo que llegar a algún lugar, porque frenar y descansar no está en mi plan, porque así me acostumbré, porque descubrí que siguiendo puedo dejar todo atrás.
Troto de vez en cuando, cuando me acuerdo, en el parque del pueblo, hago el principio del circuito como todo el resto y después me desvío por otros caminos, por otros pasos; he caído, he tropezado, pero siempre termino. Mientras el sol me da en la cara y el viento de invierno me hiela la cara transpirada troto, camino, corro, lo que sea, avanzo, sigo mi camino.
¿Y como esperas, sabiendo eso, que yo me frene ante la incertidumbre? Estoy segura que si sigo avanzando el camino va a aparecer, o lo estoy marcando yo y de alguna manera voy a llegar al final. No me voy a dejar vencer, no voy a quedarme tirada lamentándome por la rama con la que me tropecé, no me voy a quedar en la nada, con las manos vacías. Quizás pueda frenar unos días a llorar o sentirme mal, pero siempre voy a resucitar para pelear, para dar todo por más, para conseguir lo mejor que pueda tener, aunque quizás eso no sea lo mejor que exista para todos, pero sí para mí.
Así que a vos que me tiras abajo todos los planes, que le encontras un problema a cada solución, que me pones la traba en vez de darme la mano y correr a la par mía, a vos que no te esfrozas, a vos te digo: yo voy a intentar, no me trates de frenar, los obstáculos se quedan atrás en mi ruta y aunque no llegue al final voy a hacer lo imposible por hacerlo.
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