El libro que yace sobre la mesa mientras intento dormir,
digo que intento dormir porque en realidad estoy escribiendo y pretendo sacarme
de la cabeza los mil mambos que me acechan, mil mambos que no son tantos ni tan
graves, y quizás el libro no está sobre la mesa y yo no estoy tratando dormir, tal vez el libro está sobre la cama y yo me dispuse a escribir, o a
esquivar mis otras obligaciones que siempre son peores que escribir. Pero a fin
de cuentas el libro está y yo también, no importa realmente donde estamos ni
donde deberíamos, y a decir verdad, ni si realmente estamos, porque siempre se puede dudar de la
existencia, pero en este caso, voy a suponer que estoy, que soy, y que el libro
por las vueltas que hayan sido, hoy está acá conmigo. Quizás podría haber sido
un libro nuevo, con el olor de recién impreso, hasta recién salido de la
imprenta y comprado con dinero que no tengo ni tuve para comprarlo, pero no, es
un libro viejo, y no por eso menos valioso o menos lindo. Me gusta que sea
viejo, que haya pasado por otras manos, y saber, tener la certeza, que va a seguir pasando, esa es una de las ventajas
de ser socia de la biblioteca del pueblo, tengo la seguridad que la historia
sigue, no la del autor, el la terminó o no, según el texto, pero el libro
sigue, tiene su historia, las manchas, las marcas, los dibujos, las firmas,
tiene vida el libro objeto, además de la vida que lleva consigo en los signos,
en el texto. El libro es vida, la vida es un libro, aunque quizás no, pero sí
el libro es vida, si el libro tiene historia, si el libro existe, si se tiene
en cuenta que existir es estar y en este caso compartir un lugar físico, si
existe, tiene historia, tanto el libro nuevo como el libro viejo, la hoja sin
palpar y la contratapa también, la vida es historia, la historia es vida, la
vida entra en mil hojas o en una, en un renglón, tiene mayúsculas para empezar
y punto al terminar.
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